jueves, junio 20

Arabia Saudí, el deporte como arma geopolítica | Internacional

La operación de Estado no tiene precedentes. Arabia Saudí ha invertido ya 8.000 millones de dólares, pero le quedan todavía 30.000 millones más para gastar. Rápidamente, está dotándose de una industria deportiva de alta competición masculina que incide en los mercados mundiales de fichajes y de derechos de transmisión en fútbol, tenis, fórmula 1 y golf. Es como el pan y circo de los emperadores romanos, instrumento para enmascarar ante la población el despotismo saudí, basado en el rigorismo islámico y en la esclavización de la mujer. También un arma política, para lavar la cara exterior del régimen.

Este es un país que nada produce, que ni siquiera es capaz de garantizar su propia seguridad, confiada siempre a Estados Unidos. Tampoco ha sabido construir una Administración y unas fuerzas de seguridad acordes con los tiempos, como demuestra el salvaje método de control de sus fronteras con Yemen, donde los refugiados etíopes son recibidos a tiros. Lo mismo sucede con internet y las redes sociales, donde cualquier pequeña disidencia puede ser castigada con la pena de muerte, como le ha sucedido al maestro jubilado Mohammed bin Nasser al-Ghamdi, condenado por unos mensajes críticos con el régimen en las redes sociales, donde solo tenía diez seguidores.

Estas inversiones coinciden con una vasta ofensiva diplomática, que incluye el ingreso en el grupo de los BRICS junto a Irán, su enemigo ideológico, rival geopolítico y competidor religioso, con el que ha restablecido relaciones gracias a China. La superpotencia asiática, cada vez más presente y vigilante en Oriente Próximo, es la patrocinadora y beneficiaria de la ampliación del pequeño grupo de países a los que se consideraba emergentes, ahora heterogéneo sindicato de potencias medias conjuradas para enfrentarse al poder monetario e institucional de Estados Unidos. Y lo hace después de anotarse un éxito diplomático al reunir a 40 países en el foro de Yeda por la paz en Ucrania, sin Moscú pero con Pekín.

Sus cómplices más visibles son deportistas como Cristiano Ronaldo, Karim Benzema o Neymar, que jugarán en las competiciones a cambio de fabulosos contratos, pero los beneficios se extenderán al conjunto del mundo futbolístico europeo, los grandes clubes —algunos, propiedad de capitales árabes— y la propia FIFA, de dominio tan masculino como las autocracias del petróleo, del que Riad es el primer productor mundial. Recordatorio: Telefónica, cuyo primer accionista es ahora la empresa estatal saudí, también tiene intereses en el mundo de los derechos deportivos.

Estas fabulosas inversiones corren a cargo del fondo soberano saudí, alimentado por Aramco, la compañía petrolera que obtuvo mayores ingresos del mundo en 2022 gracias a la guerra de Ucrania. Y forman parte también de una gran estrategia energética, que consiste en transformar con la mayor parsimonia posible la economía del crudo bajo la presión de las políticas de reducción de emisiones, no tan solo sin perder ni un dólar sino ganando muchos más. Es una de las caras más oscuras del mundo multipolar en el que nos vamos adentrando.

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