sábado, julio 13

Entre lo cíclico y lo estructural | Negocios

Las previsiones macroeconómicas que se elaboran a principios de otoño ayudan a tomar el pulso a la economía tras el verano y ponen el foco en la dinámica del año sucesivo. En esta ocasión, el panorama es particularmente incierto, más que por el derrumbe de los modelos y teorías económicas que anunciaba Wolfgang Münchau hace poco en estas páginas, por conjugar desaceleración con desinflación, resaca de dos shocks mayores (covid y guerra en Europa) y tendencias cíclicas divergentes entre las tres grandes economías globales. Todo ello en un contexto de cambios estructurales de impacto aún difícil de evaluar, pero de importancia indudable: agitación geopolítica, concienciación acelerada sobre cambio climático, contracción demográfica y resiliencia de los mercados de trabajo, entre otros.

En lo cíclico, durante el verano se ha puesto de manifiesto una clara divergencia entre las tres grandes áreas económicas en el mundo. En Estados Unidos, el consumo y el empleo parecen aguantar mejor de lo previsto el tensionamiento de la política monetaria, y posiblemente se evite una recesión que antes se preveía para principios de 2024. En China, el rebote económico tras la salida de la pandemia ha sido más anémico de lo esperado, y aunque los últimos indicadores apuntan a una estabilización y el margen de apoyo monetario y fiscal es amplio, se están revisando las previsiones a la baja. En Europa, la desaceleración no es tan fuerte como en China, pero el sector manufacturero sigue viéndose afectado por la debilidad del comercio con Asia y los aumentos de costes, y aunque los servicios han resistido mejor —sobre todo los ligados al turismo—, también apuntan a una desaceleración rápida.

Respecto a las políticas económicas, el principal foco de atención al final del verano ha sido la persistencia de la inflación algo mayor de lo deseado, debido a un repunte de los precios energéticos, y una desaceleración muy lenta de la inflación subyacente, aún en niveles muy elevados. Tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo han alcanzado probablemente sus máximos en tipos de interés, pero se están centrando ahora —parece que con éxito— en convencer a agentes y mercados de que se mantendrán esos niveles durante bastante tiempo. No parecen dispuestos a que se les escapen las expectativas de inflación ahora que el proceso desinflacionario está en marcha.

De este modo, cabe esperar un aterrizaje suave de la economía global en los próximos trimestres, con un crecimiento mundial muy similar en 2023 y 2024 (2,9% y 3%, respectivamente). Una cierta normalización de crecimiento e inflación y, más tarde, de los tipos de interés va a hacer falta de cara a los numerosos retos estructurales que nos presenta el futuro.

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