viernes, junio 14

Matt Gaetz, el trumpista “nacido para la pelea” que puso en jaque al Capitolio | Internacional

Durante la tensa sesión que el martes acabó con el cese de Kevin McCarthy, primer presidente en los 234 años de historia de la Cámara de Representantes que pierde la confianza del Congreso, los 210 miembros del Partido Republicano leales al congresista californiano cortaron el paso hasta en tres ocasiones a Matt Gaetz, el traidor que forzó la moción de censura que acabó con su líder.

Sus compañeros de filas no querían que usara ninguno de los micrófonos de la bancada situada a la derecha del hemiciclo, hasta los topes en un día histórico. Así que Gaetz, congresista por el primer distrito de Florida, el rincón más oriental del Estado, un trozo de tierra en torno a Pensacola y que es casi Alabama, tuvo que usar el podio de los demócratas para defenderse durante una hora de los ataques de los suyos y justificar un movimiento que ha hecho que su partido pierda hasta nuevo aviso la capacidad de llevar la iniciativa legislativa en Washington.

Los demócratas sentados alrededor de Gaetz, que pronto confirmaron que pensaban dejar caer a McCarthy, asistían al espectáculo, tal vez lamentando la prohibición de comer en tan solemne lugar: más de uno habría sacado las palomitas para contemplar cómo se despedazaban en directo sus rivales, pese a que disfrutan de una magra mayoría en la Cámara baja obtenida en las legislativas del pasado noviembre. En su última intervención, Gaetz, ya al final del vuelo kamikaze que sumió en el caos al Congreso y abocó al país a la parálisis legislativa, se giró para dirigirse a la bancada demócrata. Les dijo: “Washington debe cambiar. Tenemos que romper con las inercias. Defenderé esto desde cualquier lugar de esta sala y también desde cualquier esquina de Estados Unidos”.

Nacido para la pelea

Sus ataques a los “lobbies y los intereses especiales” que “se apropian” de la política estadounidense, así como la retórica, entre populista y antisistema, resultó seguramente familiar a los observadores de la política estadounidense desde, al menos, los tiempos del Tea Party, movimiento de principios de la década pasada que hoy cabe contemplar como el canario en la mina de la radicalización de una porción del Partido Republicano, antes de que llegara Donald Trump e hiciera el resto. Que Gaetz, fiel seguidor del expresidente, se siente cómodo en ese discurso provocador queda claro ya desde su biografía en X, antes Twitter. En esa moderna tarjeta de visita se define como “un tipo de Florida, nacido para la pelea”.

Tiene 41 años y es congresista desde 2017. Hijo de político, fue parlamentario estatal en la capital de Florida, Tallahassee, antes de aterrizar en Washington, donde se ha caracterizado por buscar con el mismo afán los focos que la pelea. Recibió críticas por invitar al Congreso a un negacionista del Holocausto; ha defendido las teorías sin fundamento del robo de las elecciones de 2020 en las que Trump aún sigue insistiendo; y se ha enfrentado a una investigación del Comité de Ética del Congreso por las acusaciones de haber mantenido relaciones sexuales con una menor ―acusaciones que no han desembocado en un procesamiento penal―. También, por haber consumido drogas ilegales; porque supuestamente compartió imágenes o vídeos inconvenientes en la Cámara de Representantes; y porque usó dinero de su campaña para sí mismo o aceptó regalos que contravenían las reglas de la institución.

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McCarthy declaró el martes después de ser expulsado que la cruzada personal de Gaetz contra él obedece, más que a las quijotescas aspiraciones de limpiar Washington (el grito de guerra trumpista ”drain the swamp”, drenar la ciénaga), al hecho de que él no haya hecho lo suficiente como speaker para bloquear esas pesquisas. Por la noche, Gaetz desmintió en Fox News esas acusaciones.

Cuando tras la victoria electoral ajustada en las últimas elecciones legislativas, McCarthy se postuló como candidato a suceder a la demócrata Nancy Pelosi en la presidencia del Congreso, el aspirante se enfrentó a una rebelión del ala más dura de su partido, liderada, entre otros, por Gaetz. Ese grupo de díscolos de extrema derecha, asociados en torno al denominado Caucus de la Libertad (que en Washington también se conoce con el sobrenombre del Caucus Disfuncional), obligaron a que la Cámara votara hasta en 15 ocasiones para elegirlo.

Por el camino, los ultras arrancaron también compromisos como el que ha acabado con el sueño largamente acariciado por McCarthy de convertirse en la tercera autoridad del país, puesto del que lo apearon el martes. Entre otras concesiones, aceptó que una moción de censura pudiera ser promovida por un solo congresista, lo que ha permitido a Gaetz acabar a la primera ocasión con su mandato. Lo hizo en protesta por el pacto del sábado pasado con los demócratas para evitar un cierre parcial del Gobierno estadounidense hasta el 17 de noviembre.

La iniciativa de Gaetz no solo ha marcado un precedente y lo ha enfrentado definitivamente a su partido. También ha resucitado un fantasma, que recorrió la Cámara de Representantes para aquellos estudiantes de la historia que creen que si esta no se repite, al menos acostumbra a rimar. Cuando el presidente demócrata Harry Truman (1945-1953) perdió el control del Congreso en las elecciones intermedias de 1946, esa derrota le permitió al menos ganar las presidenciales de dos años después, apoyado en el hecho de que sus rivales, peleados internamente, no fueron capaces de sacar gran cosa adelante. Los bautizó en la campaña como esos “republicanos-que-no-hacen-nada [Do-Nothing-Republicans]”.

El partido conservador ha dado la impresión de ser una formación consumida en luchas intestinas desde que hace nueve meses McCarthy resultó elegido presidente. Es un personaje realmente trágico: tal vez nadie en la memoria reciente de Estados Unidos ansió tanto ser speaker del Congreso, y, desde luego, muy pocos (en realidad: solo dos, el último, hace 147 años) duraron menos que él. Los republicanos no solo siguen siendo incapaces de sacudirse la sombra de Trump, sino tampoco de aprovechar la oportunidad de gobernar y, de paso, hacer oposición a Biden con el margen que le concedieron los electores en la Cámara (que no en el Senado, controlado por los demócratas).

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